Cómo está tratando realmente el sector agrícola la economía circular y la sostenibilidad

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La economía circular suena muy bien cuando crees que se aplica como debería. Pero eso lo piensan los de ciudad. Si te hablan de: reutilizar, reducir, aprovechar… parece casi obvio y muy sencillo. Pero cuando trabajas en el campo la cosa nunca ha podido ser tan limpia ni tan perfecta. Se generan muchos residuos que son muy difíciles de limpiar después, y si paras tu negocio, pierdes mucho dinero y recursos por el camino…

Cada vez se habla más de sostenibilidad en la agricultura. Están metiéndole mucha presión a este sector de la sociedad: por costes, por normativas, por el clima… y también por lo que pide la gente. Entonces no tienen más remedio que replantearse muchas cosas…

La pregunta interesante no es si la economía circular ha llegado al campo, sino hasta qué punto se puede aplicar sin que la explotación deje de ser viable. Porque, siendo sinceros… quien venga al campo a mancharse la ropa y las manos entenderá que hacer todo lo que piden no es, ni económico, ni fácil.

 

¿Esto es algo nuevo o llevamos toda la vida haciéndolo?

Aquí hay un poco de trampa. Nos venden la economía circular como algo moderno, pero en realidad el campo ya funcionaba así hace décadas… cuando no había otra opción.

Antes se aprovechaba todo porque no se podía desperdiciar nada: el estiércol volvía al suelo, los restos de cosecha se reutilizaban, el agua se cuidaba porque la que tenías para beber tú, era la única a la que podías acceder. Todo por pura supervivencia.

¿Qué ha cambiado entonces? La escala y la mentalidad. La agricultura se industrializó, se volvió más rápida, más intensiva… y ahí se rompieron muchos de esos ciclos. Ahora estamos intentando recuperarlos, pero con tecnología y con más presión encima. Hay mucha gente necesitando comida, se necesitan más animales, más extensiones de terreno, más maquinaria y mucho más dinero para hacerlo todo. Y no creáis que con esto se gana mucho… Por que la primera cadena de producción es la que menos cobra por todo.

Esto nos deja contra las cuerdas a muchos. Realmente querríamos hacer las cosas bien y mejor para la naturaleza, pero se hace muy pero que muy difícil.

 

El suelo tiene su límite de uso

Hemos vivido pensando que el suelo siempre iba a responder. Y no ha sido así.

El suelo es un sistema vivo. Y cuando se le exige demasiado se le agotan los nutrientes y acaba siendo arena estéril. Siendo sinceros, si miramos como funciona la economía circular, es una solución bastante buena para este problema.

Volver a incorporar materia orgánica, rotar cultivos o reducir el laboreo, puede ayudar a que el suelo no se degrade más. Porque cuando pierde estructura o fertilidad, recuperarlo cuesta años… y dinero.

La parte positiva es que cuando se hacen bien las cosas, el suelo retiene mejor el agua, necesita menos químicos y aguanta mejor los cambios. La parte menos bonita es que no siempre hay margen económico ni tiempo para hacerlo bien. Tenemos que tener paciencia con la adaptación a estos métodos, pero la sociedad siempre es muy crítica, cuando el esfuerzo lo tienen que hacer los demás.

 

Usando los residuos como recurso

Esto suena de lujo. La famosa idea de: “no hay residuos, todo se reaprovecha”. Y, sí, es verdad que todo puede tener una segunda vida.

Restos de poda, frutas que no se venden, subproductos… todo eso puede acabar siendo compost, energía o biomasa. Ya hay muchas explotaciones que lo están haciendo y les funciona.

Pero luego está la parte que no siempre se cuenta. Reaprovechar lleva su tiempo. No es coger un residuo y mágicamente convertirlo en algo útil. Hace falta maquinaria, tiempo, conocimiento… y, sobre todo, más dinero.

Hay situaciones en las que sí compensa: reduces costes, dependes menos de insumos externos y encima cierras el ciclo. Perfecto. Pero también hay casos en los que no llega. O no hay infraestructura, o no hay volumen suficiente, o simplemente no es rentable.

Y ahí volvemos a la realidad: cuando no compensa, el residuo sigue siendo un problema. No desaparece por mucho que la teoría diga lo contrario. Alguien tiene que gestionarlo, y normalmente eso tiene sus costes.

 

El problema del agua

Si hay un punto donde se acaban los discursos bonitos, es este. Porque, con el agua, no hay margen para debatir ni para filosofar demasiado. O la gestionas bien, o tarde o temprano lo pagas. Así de claro.

En muchas zonas, cada campaña depende literalmente de cómo se use el agua. Y esto es una cuestión de sobrevivir como explotación. Hay que usar sistemas de riego más precisos, controles del consumo, reutilización… todo esto ayuda, pero ya no es opcional.

Y ya aquí la economía circular es de puro sentido común. Aprovechar el agua al máximo es adaptación para la supervivencia… Hay que hacerlo sí o sí.

Estas alternativas llevan mucho tiempo rondando por la tierra, pero no era urgente aplicarlas. Ahora sí lo es.

 

La dependencia de la tecnología

Hoy puedes saber exactamente cuánta agua necesita una zona concreta, dónde aplicar fertilizante o cuándo intervenir. Eso, bien usado, es una pasada: reduces desperdicio, ajustas mejor y mejoras el rendimiento. Pero también tiene su cara menos amable. Porque todo eso cuesta dinero. Mucho dinero.

Tenemos que ser comprensivos… no todo el mundo puede acceder a ese nivel de tecnología. Y eso crea una especie de brecha dentro del propio sector.

Entonces aparecen soluciones intermedias. No todo es irse a lo último de lo último. A veces se trata de encontrar formas más accesibles de mejorar, y ahí encaja bastante bien la idea de alargar la vida útil de equipos, reutilizar maquinaria o adaptarse con lo que ya tienes.

Porque sí, la tecnología ayuda… pero también puede generar dependencia si no se integra con cabeza.

 

Usar maquinaria de segunda mano

Esta idea nos la plantea Agromaquinas Josan, y es algo que sí que puede funcionar. Porque, la maquinaria nueva, es una inversión enorme. Y no todas las explotaciones pueden, ni deberían, asumir ese gasto.

La segunda mano, que durante mucho tiempo se veía como una opción de segunda, pero cada vez se ve más lógico. No solo por el precio, sino porque encaja perfectamente con la lógica de aprovechar lo que ya existe.

Eso sí, para comprar maquinaria usada no puedes comprar a ciegas. Hay que mirar bien: cómo está, qué uso ha tenido, si ha tenido buen mantenimiento… Porque aquí no hay medias tintas: o aciertas y tienes una herramienta útil durante años, o te equivocas y acabas gastando más en reparaciones que en otra cosa.

Cuando se hace bien, es de las decisiones más coherentes que se pueden tomar: reduces inversión, alargas la vida útil de recursos y sigues siendo operativo.

 

Distribución, consumo y desperdicio

Muchas veces hablamos del campo como si todo terminara en la cosecha. Pero no. Ahí solo empieza otra parte igual de importante. ¿Qué pasa con lo que no se vende? ¿Con lo que no entra por los ojos? Durante años, la respuesta ha sido sencilla (y bastante dura): se descarta.

Frutas y verduras perfectamente válidas que no llegan al mercado porque no cumplen ciertos estándares. Y eso, poco a poco, empieza a cambiar. Cada vez hay más venta directa, menos intermediarios, más flexibilidad. Y también más conciencia por parte del consumidor, que empieza a cuestionarse qué significa realmente calidad.

Porque seamos claros: hemos estado tirando comida buena simplemente porque no se ven bien, no porque no estén buenas o se puedan comer. Y ahora estamos intentando corregir eso. Pero esto no depende solo de nosotros. Aquí entra toda la cadena… y también los consumidores.

 

El coste real de todo

Quiero dejar claro con todo esto, que hacer las cosas mejor suele costar más. Más tiempo, más inversión, más formación. Y eso, en un sector donde los márgenes ya son ajustados, pesa mucho.

Por eso, aunque todo el mundo hable de sostenibilidad, no todas las explotaciones pueden avanzar al mismo ritmo. No es falta de interés, muchas veces es falta de recursos.

Aun así, el cambio sigue avanzando. ¿Por qué? Porque también hay incentivos: mejor posicionamiento, acceso a mercados más exigentes, consumidores más conscientes…

Pero conviene no engañarse: no es un camino rápido ni sencillo. Y no todo el mundo parte desde el mismo punto.

 

¿Hacia dónde va todo esto?

El campo está en plena transición. Todos podemos verlo. Tenemos más tecnología, más presión normativa, más exigencia… pero también más conciencia de que no se puede seguir igual que antes.

La economía circular es una buena solución, pero hay que tener comprensión y paciencia. Con ellas podremos aprovechar mejor lo que tenemos sin exprimir el sistema hasta romperlo. Probablemente el futuro no sea ni 100% tecnológico ni 100% tradicional. Será una mezcla. Y el que sepa encontrar ese equilibrio tendrá mucho ganado.

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