El feminismo llega a los objetos cotidianos.

Feminismo

Aunque algunos se obstinen en frenarlo, la historia de la humanidad camina hacia la igualdad y el progreso. Lo podemos ver en el auge que ha alcanzado el feminismo en los últimos tiempos. El cual ha traspasado el ámbito del debate intelectual o político para reflejarse en algunos de los objetos que usamos en nuestra vida cotidiana.

Primero, antes que nada, es conveniente recordar que el feminismo no es lo opuesto al machismo. El feminismo es una postura y un movimiento de lucha que se opone a la desigualdad de la que son objeto las mujeres. Mientras que el machismo es una corriente ideológica supremacista que pretende someter a la mitad de la población por el género al que pertenecen.

Basta con echar la vista atrás y ver cómo vivían nuestras abuelas. Sometidas en gran parte a la autoridad de sus padres o maridos. A mediados del siglo pasado, una mujer ni siquiera podía tener una cuenta corriente propia. Para firmar un préstamo o emprender un negocio necesitaba la autorización de su marido. Hoy las cosas han cambiado para mejor. Pero aún queda mucho por hacer, como lo podemos ver con la violencia machista o con la desigualdad salarial. A día de hoy, las mujeres en España cobran un 15,7% menos que sus colegas masculinos, con la misma formación académica y ocupando puestos de trabajo de responsabilidad similar, según informa el sindicato USO.

La indignación y el rechazo ante esta discriminación anida en muchas mujeres, y también en hombres, y se manifiesta de diferentes formas: acudiendo a manifestaciones como la del 8-M, denunciando situaciones de abuso en el trabajo o dejando claro la relación que quieren establecer con sus parejas, amigos, familia, etc. Ese espíritu ha pasado a reflejarse en muchos artículos que se utilizan a diario. Estos objetos son un espejo de sus dueñas. Expresan de una forma natural, quienes son y cómo piensan. Lo vemos con algunos ejemplos.

La moda.

La ropa siempre ha sido una proyección de la personalidad de quien la viste. El tema que estamos tratando, no es ninguna excepción. Con motivo del estreno de la película “Las Sufragistas”, protagonizada por Meryl Streep, la revista Vein nos recuerda como las mujeres que lucharon a finales del siglo XIX y principios del XX para exigir el sufragio universal, que las mujeres pudieran votar, utilizaron la moda como una herramienta de lucha.

Frente a los ataques furibundos que recibían por parte del poder, y de sus maridos, intentándolas presentar como una especie de “marimachos”, estas mujeres adoptaron una estética femenina y sofisticada. Para acudir a sus actos políticos: manifestaciones, mítines, distribución pública de pastines, siempre iban vestidas de manera impecable. Como si acudieran a un evento de postín: vestidos largos, abrigos, pamelas. Hasta cuidaban el color de sus prendas: blanco (que simbolizaba honestidad), verde (esperanza) y el violeta (que representaba dignidad y libertad). Vestían así para desmarcarse de la visión andrógina y abandonada que quería difundir sobre ellas.

En la actualidad no podemos decir que haya una moda feminista como tal. Pero sí se pueden apreciar algunos cambios de gran calado en la forma de vestir. En primer lugar, las mujeres se arreglan para sentirse ellas atractivas y guapas, no tanto para gustar a los demás. Impera la comodidad y el espíritu práctico; frente a hacer grandes sacrificios en nombre de la moda. Respecto a las prendas textiles podemos destacar las camisetas. Las cuales se han convertido en una especie de pancarta en la que se pueden imprimir mensajes emancipadores. Respecto a los colores, el negro, el morado y el blanco son los predominantes.

Cuadernos de notas y diarios.  

No podemos negar que las mujeres tienen una capacidad de organización muy superior a la de los hombres. Y que con lo que llevan en sus bolsos suelen ir preparadas para lo que pueda pasar. Algo que no sucede tanto entre los varones, que tienden a la improvisación. Por eso no es raro que una mujer, de cualquier edad, lleve en el bolso un pequeño blog de notas. Donde apuntan tareas o cuestiones que deben resolver o datos importantes que no quieren que se les olvide. Lo continúan haciendo así a día de hoy, aunque la tecnología haya avanzado una barbaridad y en las agendas de los móviles se puedan guardar notas de voz.

Por eso, un objeto que me ha llamado la atención son las libretas y blogs de notas decorados con motivos feministas. La ilustradora y diseñadora Clara Ochoa ha sacado una línea de artículos de papelería de este tipo en su línea Virago con ilustraciones propias y mensajes tan reivindicativos como “Ni enfermas, ni pecadoras. El amor es para todas” o “Somos las nietas de las brujas que no ardieron”. Unas libretas que me parecen muy bonitas y que son un objeto perfecto para regalárselo a una amiga o para auto-regalártelo.

En las mesitas de noche de las jóvenes, y de otras que no lo son tanto, no es extraño encontrar diarios, donde cada día dejan plasmado sus impresiones y reflexiones. Las mujeres, más que los hombres, tienen la necesidad de expresar lo que sienten. Por eso tienen esa vena artística tan acentuada. Algunas grandes escritoras empezaron a foguearse con las palabras escribiendo un diario desde edad temprana. También en los diarios encontramos algunos con una decoración marcadamente feminista. Como los que tienen la carátula del cartel la obrera marcando bíceps y el mensaje “We Can do it”  u otros con frases motivacionales como “Nunca subestimes el poder que hay en ti misma.”

Complementos.  

El terreno de los complementos es otro campo donde la iconografía feminista se está dejando sentir. Aquí encontramos abalorios propios de otras épocas, como las chapas, que tan populares fueron en los años 80. En este caso, en lugar de venir decoradas con logotipos de grupos de rock o carátulas de discos, aparecen grabadas con mensajes como “La noche también es nuestra”, “Times New Woman” o “Libres, Lindas y Locas.” Chapas que muchas chicas fijan con el imperdible en las mochilas o en sus bolsos de tela y que sirven para personalizarlos.

Con respecto a los bolsos, uno que se ha vuelto tremendamente popular y que se puede personalizar, como sucede con una camiseta, son los “Tote bag” de tela. Un bolso todoterreno, fresco y juvenil, que igual se puede llevar para ir a comprar una mañana como para una salida de tardeo improvisada. Bien sea en blanco, en negro o en morado, encontramos algunos con mensajes impactantes como “Feminismo o Barbarie”, o “Feroz y Femenina” con la silueta de una chica curvy, poniendo de manifiesto que todos los cuerpos son femeninos y sexis.

En las joyas también encontramos la simbología feminista. Lo podemos ver tanto en pendientes, como en colgantes o en pulseras. El símbolo femenino, con el círculo y la cruz en la parte de abajo, o rematada con un puño, como expresión de lucha y de unidad, suele ser el diseño más recurrente. Aunque también podemos ver pendientes con pechos o colgantes que hacen referencia a Lilit, la primera mujer que creo Dios y que desterró al inframundo por negarse a someterse a la voluntad de Adán.

Libros.

Si hay un vehículo con capacidad de difundir el pensamiento, este son los libros. Entre las mujeres de hoy, hay verdaderas devoradoras de libros. Entre ellos encontramos muchos de temática feminista. En este artículo no quiero referirme a los tratados de Simone de Beauvoir, esposa de Sartre, y una de las grandes teóricas del feminismo, sino a alguna obra de literatura clásica que han difundido la necesidad de la emancipación de la mujer a lo largo del tiempo.

Uno de estos libros es  «Orgullo y prejuicio», escrito por la novelista inglesa Jane Austen en 1813. Doscientos años después de su publicación, esta novela continúa siendo un best seller y sirviendo de inspiración para que muchas mujeres cojan en sus manos las riendas de su vida, aunque para ello tengan que enfrentarse a los prejuicios imperantes en la sociedad. En la popularidad actual de este libro han influido las adaptaciones cinematográficas y televisivas que se han hecho de él. Pero solo una novela tan buena puede dar pie a películas y series de tal impacto.

Para algunas lectoras excesivamente críticas, este no es un libro que se puede catalogar de feminista, ya que trata el tema del matrimonio y aunque la protagonista empieza rechazando a su pretendiente, al final opta por casarse con él. Sin embargo, hay que tener en cuenta que el libro está escrito a principios del siglo XIX, donde el único destino para una mujer era encontrar marido o hacerse monja; y donde su autora, que fue denostada como escritora por su sexo, fue una mujer adelantada a su época, que destinó su obra a denunciar la represión de la que eran objeto las mujeres y a reivindicar el poder intrínseco del sexo femenino.

A pesar de las críticas, lo cierto es que en la novela, quien manda en la relación es la mujer y no el pretendiente. Algo inusual hasta hace poco.

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